Posteado por: nelsonlombana | mayo 10, 2012

Destrucción del núcleo familiar, consecuencia del capitalismo

Sarría Allende, Paula pintura contemporánea

Sarría Allende, Paula pintura contemporánea

Por Nelson Lombana Silva.-PaCoCol

(Ibagué, mayo 9 de 2012) La unidad familiar cada vez se pulveriza con mayor ímpetu. Otra concepción real del concepto familia surge y se desarrolla con increíble fluidez colocándonos en un nuevo escenario modernista o postmodernista. Todo bajo el vacío concepto de “Civilización Capitalista”. “Civilización Capitalista” que para Néstor Kohan equivale a barbarie.

Originalmente la familia estaba integrada por papá, mamá e hijos, cada uno cumpliendo un rol preponderante, representaba  la célula de la sociedad. Su desarrollo armónico garantizaba igualmente el desarrollo armónico de su comunidad, porque allí se forjaban los valores de convivencia, solidaridad y humanismo.  Papá y mamá definían “sabiamente” las normas de convivencia, las cuales eran generalmente férreas y asumidas por los hijos sin objetar. Su autoridad no admitía discusión.

El espacio familiar era cálido, armonioso y solidario. La familia se solía sentar en su totalidad al comedor a compartir la comida, el diálogo ameno y pedagógico. Se compartía el bocado. Al caer la tarde, se desarrollaba la tertulia, la magia del cuento popular, las historietas inverosímiles pero tan reales como la madre monte, la patasola, el duende, el mandingas, etc. Todo bajo el más absoluto respeto y admiración, conservando la disciplina. La felicidad era un hada permanente en los hogares y los problemas se discutían colectivamente y casi que se resolvían en esta misma dinámica. El amor brillaba impoluto, aún en las precarias condiciones socio económicas. Se reprendía con amor, sin la zozobra dramática que hoy vive la humanidad metida en el criminal sistema capitalista. Eso sí con firmeza y dureza.

El fruto de esa realidad eran personas de bien, personas emprendedoras, honradas, dinámicas y respetuosas de los demás. La verdad florecía y el respeto a sus progenitores no admitía discusión. El deseo de vivir se sentía por todas partes, eso del suicidio ni idea en los hogares campesinos, porque la abundancia y la solidaridad eran únicas. Todo se compartía con donaire. Las serenatas recorrían distancias asombrosas en la oscuridad con respeto y admiración. El baile, la música, se constituían en espacios para la formación.

Todos esos modales hacen parte del pasado. Son recuerdos de lo que fue y no son hoy. La familia solo es historia. La nueva realidad es distinta: Mamá, separada con sus hijos; hijos solos; papá separado con sus hijos; mujeres con mujeres; hombres con hombres. Ya no hay unidad, cada quien está pendiente de la televisión, de la ardua jornada para sobrevivir. Un padre que sale de la casa a las cinco de la mañana y regresa a las nueve o diez de la noche, ¿cómo puede compartir con sus hijos, con su esposa? Es apenas obvio que la unidad familiar se va desnaturalizando por fuerte que esta sea y por el interés de las partes por aportar a la unidad.

Una madre que nace su hijo o hija y lo primero que hace es dejarla bajo protección de la criada o en el jardín para ella salir a buscar empleo, ¿será que tiene tiempo para brindarle amor a esa criatura? La niña que a los doce o trece años ya es madre, ¿Qué le puede deparar el futuro a ella y a esa nueva criatura? La mujer que abandona al marido porque no puede satisfacer todos los requerimientos de una maldita sociedad de consumo o viceversa, ¿qué ejemplo u orientación puede generar en sus hijos?

Toda esta cruda realidad que parece cursi, pero que se está viendo a diario, tanto en la ciudad como en el campo, solo se da en el sistema capitalista, porque el capitalismo es el sistema de los antivalores. Eso ya lo habían dicho Carlos Marx y Federico Engels, cuando en 1.848 escribieron el “Manifiesto Comunista”. “La burguesía ha desgarrado el velo de emocionante sentimentalismo que encubría las relaciones familiares, y las redujo a simples relaciones de dinero”. [i]  ¿Qué es la prostitución? Un escape desesperado por sobrevivir, por buscar un dinero para llevar algo a casa. La desintegración de la familia tiene mucho que ver con el problema económico. ¿Para qué estudio si voy a ser desempleado? ¿Qué tiene que ver el estudio con mi felicidad? Nada de lo que enseñan en los claustros tiene que ver con mi realidad, son expresiones que hemos escuchados de muchos jóvenes estudiantes que van – dicen – a interrumpir su propio aprendizaje que suelen hallar en el “parche”, en la calle oscura, bajo el puente o en medio del humo de los alucinógenos.

El padre de familia o la madre, están no solo divididos entre sí, sino solos contra el mundo monstruoso y corrupto del capitalismo que todo lo ha hecho mercancía y sabemos que ésta tiene un precio y la puede adquirir solo el que tiene dinero. La televisión convoca a no pensar porque ella se autoproclama con el derecho de pensar por nosotros. Y, ¿Qué enseña? Banalidades, cuando más la ideología de la burguesía. La televisión amaestra, aliena, embrutece.

También están las religiones cuyo fundamento esencial es la sumisión. Dejemos todo en manos de Dios, Él todo lo sabe y todo lo puede. O sea, somos inútiles, incapaces y estamos condenados a la infelicidad. La única “esperanza” es el cielo y terminamos rezando por los ricos para que no se condenen. El mismo pensum académico que nos aparta de la realidad concreta y el educando termina sus estudios con un mar de conocimientos y un milímetro de profundidad. Sale sin saber para qué ese conocimiento y termina apoyando el mismo sistema que lo tiene como el general en su laberinto, no solo a él, sino también a la familia y a la comunidad que hace parte de su entorno. Es una educación para la sumisión, cuando debería ser una educación para la liberación y la justicia social.

Por eso, hay que tener  claro que el niño no es el problema, es la causa de un sistema inhumano, salvaje y antidemocrático. Si los padres de familia supieran que toda esa tragedia que se vive en colegios y universidades hoy, con proliferación de drogadicción, prostitución y alcoholismo, son producto de decisiones políticas, seguramente no votarían por los candidatos de la derecha y le darían la oportunidad a los candidatos de la izquierda. Pero, mientras continuemos con el analfabetismo político, estamos condenando a la niñez hoy, a otros cien años de soledad, como dice Gabriel García Márquez.

[i] MARX, Carlos y ENGELS, Federico. Textos escogidos. Biblioteca marxista. Ocean sur, una editorial latinoamericana. Página consultada 68.
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