Posteado por: nelsonlombana | mayo 7, 2012

Hora de confesar.- (Cuento de pueblo)

Por Nelson Lombana Silva
I
Esa mañana despertó melancólico. Era la consuetudinaria costumbre cuando la lluvia caía en la vasta zona paramuna. Entrecerró los ojos cansados de tanto ver y por un instante fugaz, quizás tan rápido como la velocidad de la luz, recordó paso a paso el complejo transcurrir de su desdichada existencia. Comprendiendo que era demasiado tarde, recordando la empolvada frase del emperador romano Julio Cesar de que la suerte está echada, se incorporó con dificultad y sentado sobre el desvencijado camastro, meditó entrecerrando sus cansadas pestañas. Nunca abandonó la tradición impuesta a la fuerza por su madre, quien nunca tuvo lucidez para contestar sus innumerables preguntas, la única respuesta era la fuerza del látigo. El día que exigió una respuesta a la afirmación de que la Virgen María era virgen, pero a su vez era esposa de José y madre del Niño Dios, que Rosendo consideraba la mayor majadería del mundo a pesar de ser un niño campesino, el castigo fue tan severo que jamás volvió a preguntar y se dedicó a repetir como loro, con tanta frecuencia que terminó coreando sin tener conciencia que estaba repitiendo y afirmando semejante “misterio”, hasta cuando pudo decidir su rumbo y contradecir la sarta metafísica que los campesinos de la comarca repetían maquinalmente.  

Era de baja estatura. Delgado. Manos huesudas. Mirada taciturna. Asmático, se movía con dificultad por el estrecho y largo corredor de madera sin pulir. Ante la impotencia de no poder hacer, se solía sentar en su vieja butaca de madera curtida para divisar desde allí los cultivos, el ordeño y el proceso de convertir la leche en queso y cuajada, mientras saboreaba una taza de café oscura sin azúcar. Tenía una mácula oscura en la frente, que lo hacía en cierta manera singular en toda la extensa región. Por eso, en el bajo mundo era conocido con el alias de “Lunarejo”. Laureanista a morir, toda su juventud la había dedicado  a matar liberales, consciente que no era pecado como lo solía decir el cura del pueblo en sus incendiarias homilías cada vez que montado en su brioso córcel llamado “El Diablo” subía en misión pastoral y reunía hasta tres mil ovejas en la casa del jefe del partido conservador, en medio de la exuberante vegetación y el frío ventisquero.

Su veterana y sumisa mujer, que nunca había tenido valor para mirarlo de frente y contradecir la más absurda de sus ideas, lo llamó desde la cocina sin emoción alguna, para que se levantara y ordenara lo que tenía que ordenar. Era una mujer otoñal, con gracia y garbo que a pesar de sus años, sus achaques y sus agudos sufrimientos no perdía el buen humor. Sus trenzas abundantes parecían dos pedazos de nieve colgantes de su cansada cabeza. No sabía leer y mucho menos escribir, sin embargo, hacía operaciones matemáticas de memoria a la perfección. Era considerada en toda la comarca y más allá la calculadora ambulante. A escondías de su grave marido se ganaba algunos céntimos haciendo cuentas a los vecinos que acudían asustados por no poder ordenar sus magros presupuestos familiares.

–          Se le enfría el tinto, dijo.

–          Hoy todo será diferente, dijo con voz grave e imperativa Rosendo.

María Eva, no contestó. Sintió un corrientoso vacío por todo el espinazo encorvado. Y volviendo la mirada por primera vez lo miró de frente. Estupefacta. A través de la penumbra del amanecer observó su figura demacrada, acabada y derrotada. Dijo para sus adentros, lentamente, palabra por palabra y sílaba por sílaba:

–          Mi esposo es ya piltrafa humana.

–          Ven, mija, dijo por entre los dientes.

–          ¿Para qué?

–          Para hacer el amor…

–          Es demasiado tarde, contestó María Eva frotándose sus arrugadas manos.

–          El amor se fue hace mucho rato, solo ha quedado la costumbre de estar juntos.

–          ¿Será?, dijo Rosendo incorporándose con parsimonia y encaminándose a su eterno asiento. Por primera vez no contradijo a su mujer, ni le exigió sumisión.

Pasó muy cerca de ella mirándola de reojo, inventando su único halago en toda su vida que superaba los cincuenta años de casados.  Apoyado en su bastón, se detuvo un instante para mirar el granero vacío visitado por las ratas. Se encogió de hombros y suspiró profundo, dejando escapar un lisonjero reproche, en cierta medida una parte de su frustración sostenida durante tantas décadas de agitada existencia. Sin embargo, no quiso dañar su ensimismamiento, el ímpetu de los recuerdos eran más fuertes. Carraspeó y con extrema dificultad se acomodó en el sillón. Volvió a cerrar los ojos, mientras la respiración salía con dificultad.

María Eva, tomo por primera vez la iniciativa y apurando preparó una infusión de hierbas aromáticas, la sirvió en un pocillo redondo, estropeado por el uso, y cruzando la distancia con parsimonia y cierta inseguridad, la dejó a su alcance, sobre la pequeña y desvencijada mesita. La lluvia arreció. Regresó a la cocina y tomando ceniza salió al patio e hizo la cruz.

–          Con esto, dijo, la tormenta se va.

Rosendo que la miraba dejó escapar una amplia y diáfana risa burlona. Miró la hazaña de su mujer frunciendo el seño en actitud de rechazo absoluto. Sin embargo, no dirigió una sola palabra, tampoco quiso hacer comentarios, éstos los había hecho en múltiples oportunidades con resultados negativos, porque siempre terminaban en una discusión estéril: Él negando la existencia de Dios y ella afirmándola.

–          No es Dios el que me ha creado, soy yo el que lo he creado, solía decir, porque lo había aprendido de Vargas Vila, un consumado escritor colombiano que por pensar así había sido expatriado teniéndose que residenciar penosamente en la república de España.

Terminó ensopada de lluvia glaciar. Y a pesar de trazar la cruz y prender una veladora, la lluvia no paró, por el contrario, aumentó transformándose rápidamente en tempestad huracanada; rayos y centellas caían, los nubarrones se desplazaban por encima de las copas de los corpulentos árboles de la montaña cercana a la casa campesina. Pensando que Dios estaba bravo, la anciana musitó oraciones invocando el perdón y la resignación. Por un instante fugaz pensó en el fin del mundo y plena de pánico se refugió en el pequeño altar donde estaban el Cristo, El Sagrado Corazón de Jesús, La Mano Poderosa, La Virgen del Perpetuo Socorro  y San Martín, el santo de su devoción. Tirada de rodillas, pidió perdón de sus culpas, haciendo extensiva la solicitud de disculpa de su esposo que no la miraba, desprevenido contemplaba el espectáculo natural con absoluta resignación.

Duró lloviendo torrencialmente dos horas y treinta minutos. El río San Romualdo creció al tope. Bramaba, llevándose a su paso cuanto encontraba. Muchos árboles perdieron su bello follaje, desmembrados unos y otros carbonizados por las descargas eléctricas. El ganado vacuno se apretujaba en el redil, esperando que el ordeñador cumpliera con su misión.

–          Tempestad violenta pronto escampa, dijo Rosendo ajustándose el chaquetón con cierto aire sarcástico.

Sin poder ocultar su frustración, María Eva se incorporó y limpiándose sus huesudas rodillas se encaminó a su oficina sin hacer comentario alguno. Así en silencio preparó la primera vianda del día. El ordeñador cumplió con su deber. Era un baquiano fornido, de tez morena y mirada cetrina. Rudo en sus movimientos y fuerte para el trabajo. En menos de 120 minutos ordeñó las diez vacas, las mandó al potrero e inició el proceso de transformación de la leche en queso. A pesar del frío, mantuvo su dorso al aire. De vez en cuando cantaba las canciones del momento, como retando la naturaleza.

Desayunó de prisa sentado en el pequeño comedor ubicado en un extremo del largo corredor enchambranado e incorporándose se dispuso a continuar con la jornada rutinaria de limpiar los potreros, pero la voz autoritaria del patrón lo cambió de destino.

–          Ven, dijo. El muchacho giró y lo miró atento.

–          ¿Qué ordena patrón? Dijo

–          Ha llegado la hora de confesarme, dijo el anciano apretando su chaqueta con sus manos temblorosas.

–          ¿Hay que traer el cura?

–          ¿El cura? ¿Para qué? Preguntó extrañado Rosendo.

–          Simple suposición, patrón, dijo Arcángel apenado.

–          Vaya al pueblo y recoja al periodista. Apere el mejor corcel, es hora de la verdad, no aguanto más, dijo frunciendo el ceño en señal de angustia.

De prisa, Arcángel seleccionó el caballo bermejo y sin hacer comentarios se marchó. La orden era inexorable. Arrullado por el chasquido de los cascos del noble animal, cruzó la distancia veloz, primero la hondonada, luego la pequeña pendiente y después el prolongado descenso.

Rosendo miró sin remordimiento a su mujer y ordenándole preparar comida opípara, pasó al retrete y luego al baño de agua caliente y aromatizada. Recostado desnudo en la bañera, entre la pompa de jabón, sintetizó su turbulenta vida para contarla de un solo estirón, en un instante sublime de lucidez mental. Jugó con la espuma como niño engreído y permaneció un poco más de lo necesario y de costumbre. Se quitó con dificultad la barba escabrosa, se limpió los pocos dientes que aún tenía y como pudo se acomodó de nuevo en su histórico asiento.

Cuando pudo observar en la distancia brumosa la presencia de dos jinetes, se estremeció y la turbación fue tal que María Eva pensó en un momento que era víctima de un paro cardiaco y acelerando sus cansados pasos, llegó junto a él palpando su rostro, tomándole el pulso y la tetilla izquierda en busca del corazón. Rosendo reaccionó:

–          No es nada físico, dijo. Giró y miró a su única mujer de toda su vida con afecto filial.

–          Aún te amo, dijo.

–          Yo también, contestó María Eva alejándose un poco.

–          ¿Por qué tanta preocupación? Volvió a preguntar la anciana mientras miraba a través de la chambrana la presencia de los dos jinetes cada vez más cerca.

–          Contar la verdad no es fácil, dijo.

–          Y lo voy a hacer, agregó nervioso.

–          No entiendo nada.

–          Mucho mejor así, porque será menos doloroso.

Sin comprender nada de lo que decía como en clave su esposo, María Eva se marchó a la cocina con el fin de ultimar detalles  del sancocho astillado de gallina campesina y sumida en sus propios pensamientos se movió como pez en el agua en sus preparativos, de tal manera que cuando Arcángel y el personaje arribaron después del medio día ya estaba listo el banquete campesino.

El periodista era un cincuentón, barrigón de antiparras oscuras que caminaba con lentitud, como pidiéndole permiso a un paso para dar el otro. Con la ayuda de Arcángel se apeó y sujetando con sus suaves manos un maletín negro descompuesto  por el uso, caminó por el largo corredor parsimoniosamente. Se acercó a Rosendo que absorto lo miraba angustiado, descompuesto por la emoción.

–          Buenas tardes, dijo

–          Buenas tardes, contestó Rosendo por entre los dientes.

–          Siéntese, dijo señalando una butaca de madera sin pulir.

–          Gracias.

Con dificultad se acomodó, dejando escapar los ayeayes del maltrato al permanecer por una hora y media montado en el brioso jamelgo. Estiró una pierna y luego la otra y juntando las dos manos  a la altura de la cintura dejó escapar varios chistes flojos, los cuales lograron el milagro de desentrabar un poco las tensas relaciones.

–          Mi padre era un aficionado a los gallos finos de pelea, dijo el periodista, mientras saboreaba la taza de café.

–          ¿Verdad? Dijo Rosendo mostrando curiosidad.

–          Toda la fortuna quedó en los redondeles, porque era propietario de cuatro fincas y más de cincuenta cabezas de ganado, terminó viviendo en finca ajena y pidiendo fiado cada ocho días los dos kilos de carne con hueso, agregó el periodista frotándose ahora las manos para ganar calor.

–          Mi pasatiempo favorito era matar liberales, dijo Rosendo con voz entrecortada, apretando las manos con decisión y coraje contra su pecho.

–          ¿Era un placer? Preguntó el periodista mientras se incorporaba y caminaba por el corredor sin apartarse mucho del entrevistado. Su mirada contra el piso la mantuvo largos segundos, esperando la respuesta.

–          No, dijo Rosendo, era una orden, una necesidad patriótica y partidista.

El periodista regordete paró huraño y mirando intensamente al entrevistado por primera vez, no pudo ocultar su asombro. Aquella confesión de hombre arrepentido lo sacó de sus vagas meditaciones. Se sintió solícito y diáfano para preguntar.

–          ¿Quién daba la orden?

–          ¡Ellos!, dijo apretando las mandíbulas con decisión. Pidió un tinto para el periodista y otro para él y empujando los recuerdos al pequeño aparato magnetofónico comenzó su historia, que en realidad era la historia de la comarca contada al revés. Profanaba la falacia oficial sostenida por tantos años y transmitía de generación en generación como verdad absoluta, única e ineludible.

El estruendo me puso en pie casi que por sortilegio, y sin tomar aún conciencia de lo que estaba pasando, me puse los pantalones caqui a toda carrera, los zapatos de charol sin medias, me encaleté cincuenta pesos, el revólver y los seis proyectiles y orientando a mi esposa e hijos para que huyeran por la parte más tupida del cafetal y se ocultaran al fondo, salí disparado montando mi brioso caballo cenizo que era de paso, pero lo lancé a galope limpio dirigiéndome al pequeño poblado.  Los cinco kilómetros que separan la fonda del poblado por camino quebrado y tortuoso lo recorrí en menos de la mitad de tiempo normal. Sin embargo, para mí resultó una eternidad.  Un miedo espantoso se apoderó de mí.

El caballo desbocado paró su carrera al lado de los toldos que ensimismados vendedores comenzaban a armar, dando un salto bajé y miré a lo lejos al turco que parsimonioso avanzaba con aire autoritario por entre los adormilados madrugadores. Al verme, levantó las antiparras de carey, y sin poder ocultar su intriga paró su recorrido. Sin camisa y jadeante me le acerqué trémulo.

–          ¿Qué paso, compadre? Dijo con asombro.

–          Pues, que se metió la chusma y acabaron con la fonda.

–          No hay que dejar ni los huevos, dijo el turco acariciando la cacha de su revólver Smith. Su rostro colorado pronto cambió a morado. Se sintió esplendido.

–          Compadre, dijo, no hay placer más grande que matar cachiporros. Guardé silencio, no entendí la afirmación, el aturdimiento era extremo.

–          ¿Qué hago, compadre?

–          Avise a la policía, yo preparo mis pájaros, vamos a divertirnos, dijo sereno, marchándose por la pequeña calle sin empedrar al terminar la plaza casi cuadrangular. Sin entender la dimensión de lo que acababa de escuchar, pasé al cuartel de la policía que como era costumbre en toda la región estaba al lado del templo y el juzgado, y mirando al fondo del cuartel pregunté por el comandante de la estación. Era un hombre rubio, atlético, ojos zarcos y afeminado. Me miró con asco.

–          ¿Qué hace este loquillo sin camisa a esta hora? Me dijo con gesto burlón.

–          Se metieron, se metieron, comandante, dije con voz entre cortada. El polizonte con todo lo cobarde que era se quedó petrificado. Inmóvil. Conocí en su rostro el miedo, comprendí que era más valiente que él. Nunca había sentido tanta frustración como en aquella oportunidad, pues imaginaba que el militar era sin miedo. Siempre me había dicho que era imposible sentir miedo cuando se andaba en manada y bien armado, como la policía y el ejército con su traje atigrado. Pasmado, por entre los dientes blanquecinos, tengo la percepción todavía que no habló, sino que simplemente balbuceó lívido.

–          Seguiremos a los Pájaros, dijo.

Despuntaba el crepúsculo. El cielo estaba libre de nube. Era agosto 15 de 1.956. La noticia estalló como bomba y los habitantes se lanzaron a las pequeñas calles sin empedrar en busca de la mejor información. Un verdadero cataclismo estremeció la población enclavada en la cresta de una de las estribaciones de la cordillera central de un país que había asistido al magnicidio de su máximo jefe por el simple hecho de afirmar que “el pueblo era superior a sus dirigentes”. Las campanas del templo de madera sin pulir tañaban sin descanso tiradas por el sacristán, el cura en el atrio repartía bendiciones a diestra y siniestra, anunciando que  Satanás se había metido a la comarca y que era necesario que la feligresía saliera a rechazarlo con alma, vida y sobrero, pero no usando camándulas, como sería lo obvio, sino usando rifles, machetes, palos y escopetas de fisto.

–          Hay que tirar a matar, decía el curita, porque matar liberales no es malo. Yo pensaba en mi mujer y en mis hijos, en la suerte que hubieran tomado en manos de aquellos desalmados sedientos de sangre azul, sangre conservadora. Llevado por la histeria colectiva de la muchedumbre reunida en la plaza terrosa de mercado, me erguí por encima de una mujer encinta y grité con ímpetu:

–          ¡Viva el Partido Conservador! Todos al unísono contestaron: ¡Viva, Viva, Viva! Llevado por ese respaldo multitudinario volví a gritar con más fuerza:

–          ¡Viva el dotor Laureano Gómez! ¡Viva el dotor Mariano Ospina Pérez! ¡Viva el general Gustavo Rojas Pinilla! La respuesta fue contundente y dignificante. Comprendí, entonces, que no estaba solo y sin pensarlo, desenfundé el pistolete, hice un tiro al aire y abrí la marcha.

–          ¡Vamos, dijo el jefe de los Pájaros, Cristo Rey está con nosotros! ¿Quién contra nosotros? En la retaguardia del  anárquico ejército marchaba el pusilánime comandante de policía con sus polizontes, extremando las medidas de seguridad.  Cruzamos la distancia a grandes zancadas, sin embargo, yo tomé la delantera porque era el más interesado, en un segundo lugar, marchaba el jefe de los Pájaros con sus dos lugartenientes, uno de ellos portaba una carabina San Cristóbal y los demás, escopetas de fisto, revólveres y afilados machetes. El camino era tortuoso, estrecho, rodeado de verde vegetación arbórea, cruzamos el “alto de los burros” bajo un sol mañanero, metálico y espléndido. Al tomar el camino llano, regulamos el paso y todos cuanto despavoridos campesinos encontrábamos que marchaban en estampida lo hacíamos devolver con el cuento de que la unión hace la fuerza.

–          Esos hijueputas también sienten miedo, le dije a un campesino que halaba con fuerza a dos niños. El campesino me miró espantado y sin poder contestar pasó de largo. Sentí su respiración ahogada, vi de cerca su rostro cadavérico y comprendí una vez más que aquello eran los resultados de la violencia partidista inventada en La Casa de Nariño.

–          Al vernos hartos ellos, también entrarán en pánico, grité para intentar convencer al labriego, pero tengo la sensación de que no me escuchó.  Jadeante pedía permiso a la fuerza.

–          Al miedo no le han hecho pantalones, dijo el jefe de los Pájaros. Ninguno hicimos comentarios, avanzamos y cruzando Los Tanques, nos detuvimos. Desde allí se podía ver abajo la fonda. Por entre los árboles y arbustos miramos detenidamente. Vimos mucha gente, mucha gritería, ya estaban ebrios, habían soltados todos los gallos finos de pelea en el redondel, librando aquellos nobles brutos toda una batalla campal a muerte. Hacían tiros al aire y gritaban vivas al partido liberal. Reunidos todos, definimos el plan. Era muy sencillo. Se trataba de pasar de la defensiva a la ofensiva. Quien portaba la carabina San Cristóbal, se puso en posición de combate y disparó, pero el proyectil no salió. Fueron instantes de suma intensidad. Uno de los presentes había pagado el servicio militar y conocía los secretos más íntimos de las armas. Se sentó con calma y después de algunos minutos, que fueron eternos para mí, volvió a disparar, ahora sí con suerte. El estruendo puso fin al carnaval de los Chusmeros.

–          Pilas, dijo el centinela, vienen los chulos. Haciendo disparos al aire hicimos desbocado descenso. Vimos que la chusma se encaminaba desordenadamente hacia la Puerquera y eso nos llenó de valor. Habíamos pasado a la ofensiva. Fui el primero en llegar y revisar el entorno, buscar la mujer, los hijos y los vecinos.  El desorden era total, era como si hubiera pasado una ventisca de vastas proporciones, que se lleva todo a su paso o cuanto más destruye y desordena. Los gallos sobrevivientes estaban ensangrentados y desplumados librando sus últimos combates. Dos cuerpos inertes más allá yacían tirados bocabajo. Sentí rabia. Dolor. La venganza cegó mis sentimientos y solo pensé en matar, sí, matar cuanto liberal se atravesara.

–          Son ellos o somos nosotros, dije para mis adentros.

–          Vamos tras de ellos, dije asumiendo cierto liderazgo.

–          Sí, la pelea es peleando, dijo el jefe de los Pájaros.

Los acorralamos en la Puerquera,  una especie de hueco al lado de una pequeña quebradita de agua diáfana y pura, rodeada por una vegetación espesa. Todo el día estuvimos combatiendo. Vinieron conservadores de los municipios cercanos y aportaron con decisión y coraje partidista. La carnicería humana arrojó como saldo trágico 33 muertos, 17 de ellos Chusmeros, hijos de pueblo, igual que los Pájaros. Todo el pueblo se movilizó. Las mujeres preparando la comida y llevando cargas completas de bombas preparadas por Alfonso Díaz, secretario del juzgado promiscuo municipal. Dos policías perecieron y sus armas pasaron a manos de los Pájaros, quienes la accionaron con sevicia extrema. El comandante de policía división Tolima de apellido Delgadillo, llegó como siempre, cuanto todo había pasado. La noche comenzaba a apoderarse del terrible campo de batalla como un fantasma gigante. Los gladiadores regresaron a la fonda y después al poblado para festejar la odisea con licor en cantidades industriales.

–          Son ustedes héroes, nos dijo el comandante de policía. Eso me llenó de orgullo y altivez, comprometiéndome a asistir al curso especial que el citado polizonte en contubernio con el ejército de traje atigrado y el gobierno de Laureano Gómez nos había ofrecido desde mucho tiempo atrás cuando era presidente de la república.

–          ¿Puedo asistir al taller? Pregunté ya bien entonado. Delgadillo, se levantó y mirándome de frente, me respondió con toda la fuerza del mundo:

–          Debe ser el primero. Eres valiente. Debes aprender a matar liberales. A pesar de lo tomado que estaba y feliz por la batalla librada, me estremecí, sentí algo por dentro, un frío tétrico y sentándome  lentamente sobre el asiento de cuero lampiño, repetí mentalmente la última frase del comandante Delgadillo: “Debes aprender a matar liberales”. Apuré un aguardiente grande e intentando olvidar aquella frase, intenté cambiar la conversación, hablando de la falta de un carreteable para desembotellar la extensa zona, la creación de cooperativas y asociaciones para impulsar el empedrado del poblado, el alumbrado eléctrico, el acueducto, el templo y un edificio para el alcalde. Pero, nada de eso impactó. El comandante Delgadillo insistió en reunir un número considerable de conservadores para prepararlos. Ese fue el tema hasta cuando las velas se consumieron y las Coleman comenzaron a extinguirse por falta de combustible. Me despedí y montando el brioso caballo regresé a la destartalada fonda. En medio del naufragio y con el olor a sangre humana concilié a medio el sueño de la madrugada. Al otro día era el funeral de los conservadores con la presencia del obispo.

II

El obispo, hombre vano y corpulento, de piel despercudida y de movimientos ceremoniales y maquinales, entró al poblado por el municipio de Santa Isabel y cruzando arcos adornados con  flores multicolores,  arribó hacia el medio día, seguido de una multitud de campesinos sumisos y crédulos. Con movimientos lerdos se apeó del mulo y extendió la mano para que el curita le besara el anillo. Es la tradición  extrema de sumisión que nos recuerda el feudalismo y el dominio absoluto de reyes y monarcas diseminados por toda Europa en el siglo XIV.

Entre la multitud caminaba despierto buscando estar lo más cerca del enviado directo de Dios y mientras me santiguaba y musitaba oraciones, sin tener conciencia de lo que decía, a codazo limpio me abría espacio y poco a poco iba llegando al primer anillo de seguridad de monseñor. Sea como sea, lo vi cerca, sentí su fresca respiración, lo miré de arriba abajo y de abajo a arriba, sentí su rica fragancia francesa y permanecí en estado de éxtasis hasta cuando me di cuenta que era un hombre, que había seleccionado una profesión, como cualquier otra. Apreté los labios en gesto de enfado y desandando lo andado me puse al margen de la multitud en un tenderete  de la vieja Antonia de los Pies Altos. Allí permanecí inmóvil, con el sombrero en la mano y en pie hasta cuando culminó la ceremonia de bienvenida. Era un día aciago. Lúgubre, lo cual le daba más dramatismo a la visita del Vicario de Cristo. Bajo el cielo plomizo el religioso permaneció impávido escuchando los cánticos y discursos de bienvenida ensimismado jugando con una pequeña imagen de la virgen del Perpetuo Socorro, la Patrona de la comarca.  Tuve la sensación que aquello no le importaba, pues, una vez dejaba de jugar con la medallita, miraba su reloj suizo, miraba el cielo plomizo y cambiaba levemente de pose.

Cuando le tocó el turno hurgó entre su espléndida túnica con hijos de oro macizo, extrayendo un pedazo de papel arrugado leyendo el nombre de las principales autoridades civiles, eclesiásticas y militares con marcado acento solemne y lírico.  Su voz afeminada y destemplada se escuchó en la pequeña plazoleta terrosa. Pausadamente, acompañó su oración con el movimiento lerdo de sus regordetas manos y brazos. Alguien dijo acudiendo al buen humor que bien parecía un choncho. Fue breve e intrascendente. Sin embargo, la muchedumbre  lo escuchó alucinada, inmóvil, petrificada, más por miedo que por fe. Habló del infierno, del demontre, del pecado y de la firmeza en la iglesia católica, apostólica y romana. “Se necesita – dijo – una nueva santa inquisición para acabar con los comunistas y revoltosos que quieren traer el reino celestial para el planeta tierra, cuando el reino de Dios debe permanecer allá, en las alturas tras las nubes oscuras que nos acompaña en estos momentos”. Sus azules ojos bajo las espesas cejas los dirigía siempre hacia un punto indefinido buscando  el norte.   “Allá – dijo – está el futuro de la humanidad. Dios es Norte por antonomasia”.

Al terminar su mecánica disertación, sin emoción alguna, monseñor se inclinó levemente y levantando su brazo derecho impartió la bendición. “Os podéis ir en paz”, dijo. “Demos gracias a Dios”, retumbó la plazoleta agolpada de ovejas creyentes y sumisas.  Giró y acompañado del curita y las principales autoridades se encaminó a la casa cural donde lo esperaba el ágape. Lo vi caminar despacio. No tuve la menor duda. Era un hombre instruido, pero no tenía nada de sobrenatural.

La casa cural era grande y de madera pulida color caoba en su mayoría. Tenía puertas amplias y ventanales espaciosos. Largos corredores y habitaciones amplias. Desde lejos se divisaba, contrastando con los cuchitriles de los creyentes que creían ciegamente que el mundo no era este sino el otro. Cuando un inoportuno anarquista le preguntó al cura por qué ese contraste no tuvo que de decir más que era designio del Salvador. “Él todo lo quiere, todo lo puede y todo lo decide”, le contestó.

La casa de Dios estaba de fiesta. Imaginaba que todo era oración y solemnidad. Fue otra desilusión. La vocinglería estridente llegaba hasta el tenderete donde calmaba el hambre y nada de ella era solemnidad y religiosidad. Entonces, comprendí desde aquel día de duelo que no hay nada sobrenatural, por el contrario, todo es natural. Llegaron al aposento sagrado los más ricos del pueblo y dejando entrever toda su petulancia de una clase social, distinta a la mía, mostraban como los reyes magos sus  finos agasajos que dejaban boquiabierto a los pobres que miraban ensimismados la majestuosidad extrema de la opulencia. “Plata, llama plata”, me dije mientras apuraba la segunda comida del día. Escuché risas, cuentos obscenos y hasta canciones de cantina. Todo aquello me rebotaba las tripas y sentía como si multitud de gusanos hambrientos se zambulleran con dolor y angustia. Una señora, que seguramente miraba mi rostro crispado por el desconcierto, rompió su silencio y me dijo con aire irónico: “Don Rosendo, son misterios inexpugnables”. Solo atiné a mirarla. Era bajita, gordita y pálida. Tenía gracia, buena chispa, a pesar de vivir en la vereda más distante de la comarca. “La fe es un misterio”, insistió al incorporarse, cancelar y marcharse a coger las primeras bancas del templo de madera. “Es una mentira impuesta a la fuerza bruta de la sugestión y los golpes”, dije, pero tengo la certeza que aquella campesina no escuchó nada. Entró presurosa a la casa de Dios haciendo abluciones a diestra y siniestra.

Las campanas me sacaron del ensimismamiento. Era el primer toque. El viento helado recorrió las estrechas callejuelas anunciando lluvia. Me coloqué la ruana, prendí un cigarro y pedí un tinto oscuro sin azúcar. Esperé. Los habitantes bajo sus abrigos oscuros y raídos desfilaban en silencio hacia el templete esquivando el lodazal y los excrementos de los caninos. Era un murmullo apenas perceptible. Las comadronas empuñaban sus camándulas y el santoral y sin dejar de hacer un guiño o una pregunta inoportuna, iban llenando el templete levantado sobre aquella imponente cordillera central, donde se divisaba el plan inmenso cubierto de arroz y otros cultivos de tierra caliente como el ajonjolí y el sorgo.

Antonia de los Pies Altos, combatía la peste de los Piojos, apretando a su nieta entre sus mofletudas piernas, recordando sus años de juventud en lo espeso de la montaña, mientras la comarca se apresuraba al escenario sagrado con aire absorto y meditabundo. Por un instante suspendió su labor y levantando su mirada taciturna, se dirigió a mí con sigilo:

–          ¿Quién los mató? Me dijo.

–          La chusma liberal, los hijos del diablo, repuse sin dejar de mirar la plazoleta terrosa adornada de toldillos de tafetán. La mujer no contestó. Frunció el ceño y continuó con su labor. El batintín del templo le indicó el segundo toque. Pidió otro tinto y apurándolo con el cigarro se dispuso a trasladarse. Pero, un golpe fuerte sobre el hombro lo hizo reaccionar. Era el comandante de Policía. Se sentó a su lado y pidiendo un tinto cerrero, sacó un cigarro y lo encendió. Lo miré desconcertado, pero entendiendo que era la autoridad inventé una sonrisa pálida.

–          ¡Qué honor Comandante!, le dije.

–          El honor es mío, Rosendo, me dijo.

–          ¿Va a asistir al funeral?

–          Sí, es un gesto de humanismo y solidaridad.

–          Esas son maricadas, la solidaridad está en aplicar la ley del talión: ojo por ojo y diente por diente, me dijo seco.  Un frío tétrico recorrió mi cuerpo, sentí un vacío en las tripas, mezcla de miedo y estupefacción atiné escasamente a carraspear, no encontraba el hilo por donde comenzar a responder semejante apreciación del comandante con su voz afeminada. Lo miré de reojo y me dije para mis adentros:

–          ¡Qué tal que fuera hombre!

Al apurar el primer sorbo del caliente café, levantó su mirada y dejó escapar una sonrisa macabra, su mirada me desnudó por completo, quedando prácticamente a merced del polizonte. Creo que me miró con desprecio, con repugnancia, como diciendo este infeliz no es capaz de matar mariposas amarillas. Me puso una mano sobre mi hombro y me dijo con fuerza:

–          Mañana comienza el curso, dijo sin emoción alguna. Al escuchar aquello sentí que todo daba vueltas a mí alrededor.

–          Fresco, agregó tomando otro sorbo, mañana comenzará una nueva vida, toda consagrada a la patria y al partido conservador. No tuve valor para contra preguntar, busqué protección en el espaldar del asiento. Sentí que el tiempo se había detenido y que yo flotaba en el aire gélido de las tres de la tarde.

–          ¿A qué horas? Dije por entre los dientes.

–          ¡A las seis de la mañana!

–          ¿Qué debo traer?

–          Verraquera y las güevas bien puestas.

–          Esas siempre las he tenido bien puestas, dije indignado.

–          Ojalá, dijo incorporándose y marchándose.

–          ¿Quién paga el tinto? Dijo Antonia de los Pies Altos.

–          El pueblo, dijo el comandante desde el centro de la plazoleta.

–          ¡Carajo!, dije, creo que me metí en la grande porque no cupe en la pequeña. Pensé largamente, sumido en la preocupación y me mantuve así hasta cuando las campañas sonaron por tercera vez. Me incorporé, pagué la deuda y cogiendo el sombrero en mis manos me trasladé al templo. Estaba atiborrado. Un murmullo se escuchaba interminable e indescifrable. No había asiento disponible. Me ubique al lado de una columna redonda y santiguándome en silencio miré con tristeza los dos catafalcos colocados en el centro y cerca del altar mayor. Repudié el crimen y recordé que eran dos campesinos laboriosos y activos de la comarca. Hombres de fe y esperanza, respetuosos de la ley y la sana convivencia, profesaban la fe católica, comulgaban cada ocho días y profesaban abiertamente el credo conservador. Era una orden del ilustre ex presidente Mariano Ospina Pérez y el más emblemático dirigente azul del momento, el muy “magnífico” Laureano Gómez, retumbar entre sus congéneres la ideología conservadora, la misma que Dios invocaba y defendía a través de los siglos, quien no asumía esta postura era catalogado de traidor, gallina o volteado por los mismos copartidarios, especialmente por los sacros dirigentes.

–          Deben estar disfrutando en la eternidad, me dije volviéndome a santiguar.

El obispo envuelto en su túnica negra espléndidamente marcada hizo su ingreso después de los cuatro monaguillos y el curita parroquial. Traía en sus bellas y delicadas manos el incensario, levantándose el oloroso humo en pequeños torbellinos. Caminaba solemne. Le dio la vuelta completa al altar, lo besó y luego se encaminó hacia los dos catafalcos, se inclinó y recargando el aromatizador, primero empuñó el hisopo lanzando agua a granel y luego el oloroso humo. Se inclinó reverente y volvió al altar.

La muchedumbre apretujada se puso en pie y santiguándose nuevamente contestaba maquinalmente los requerimientos de la misa. La homilía fue larga y tediosa. Llena de citas bíblicas y recortes de pensamientos de San Pablo y San Pedro. Lo único que me llamó la atención fue cuando dijo que matar liberales no era malo y que el mundo era perfecto y que Dios había hecho unos para mandar y otros para obedecer. Dijo que los liberales y los comunistas eran familias del diablo que había que exterminar con la misma fuerza que se aniquilan las cucarachas y las serpientes. Dijo que si era necesario utilizar las imágenes para transportar munición y la casa cural para albergar libertadores del partido conservador, tocaba hacerlo por amor a la patria y al único partido que defendía la religión católica. Sobre los difuntos señaló que eran seres del otro mundo, seres que clamaban justicia y mano dura por parte del señor presidente de la república y los gamonales que gobernaban la nación. Al terminar la misa volvió a utilizar el incensario y el hisopo como póstuma despedida. Acompañó los cuerpos hasta el cementerio, rezando y cantando. Una vez cumplida su misión regresó a la capital de provincia con sus alforjas llenas de monedas y billetes. Bendijo al pueblo y lo encomendó al creador. Las mujeres lloraron a moco tendido la ida de monseñor y a muchos hombres se les nublaron sus ojos. “Todos los días no viene el Vicario de Cristo al poblado”, dijo el enterrador del pueblo.

Aquello me impresionó mucho, sobre todo la solemnidad. Por muchos años creí que aquel hombre era realmente el Vicario de Cristo en la región. Sin embargo, no me dejaba tranquilo el taller, que comenzaba al otro día. La noche se iba extendiendo en la comarca. Compré unos panes, unos dulces y otras cosas para la semana y me marché, era consciente que al otro día tenía que regresar a comenzar una nueva vida, la cual desconocía de cabo a rabo.

III

Antes de que los gallos cantaran ya estaba despierto. Con la boca amarga de una noche larga de insomnio metálico, me levanté y después de la breve ablución pasé al retrete. Adormilada María Eva, preparó el café cerrero y la comida del primer día. Era una mañana fría, desértica e inexorable. El cántico agudo de los gallos fue despertando los pájaros multicolores, quienes a pesar de la leve llovizna pertinaz iban saliendo de sus escondites con donaire desbordante en busca del sustento. Los micos chillaban con su prole a cuestas y las martejas brincaban de rama en rama. En verdad todo era normal. Lo único nuevo era el drama que estaba viviendo, solo pensar en el taller me causaba horror. Recordaba las palabras del comandante de policía: “Mañana comenzará a ser diferente”.

La mujer seleccionó ropa oscura. La colocó sobre la cama y volviendo se dirigió al escusado con parsimonia, cerrando la pequeña puerta de madera sin pulir, se acuclilló a hacer lo que tenía que hacer. Demoró. La vi salir impávida y sin mirarme se encaminó a la cama, se metió bajo las cobijas gruesas y pronto comenzó a roncar. No le recriminé nada. Por el contrario, recordé el momento que la conocí. Me estremecí. Sin embargo, era más fuerte la tensión en el taller que comenzaría dentro de contadas horas. ¿En qué consistirá? ¿Quiénes participarán? ¿Qué enseñarán?, Me decía una y otra vez.

Tomé caldo con papa y sustancia de hueso de res, arepa integral y chocolate con pan. Todavía en la oscuridad de la aurora, crucé el corredor y tomando la jáquima busqué en el potrero el alazán y conduciéndolo a casa le coloqué el apero. Me coloqué los zamarros y montando salí resignado. Recorrí los cinco kilómetros pensando en la actividad e imprimiéndome ánimos.

–          Que todo sea por la patria y el glorioso partido conservador, me dije una y otra vez, mientras el noble animal recortaba la distancia con paso firme. El sol salió melancólico, por entre las copas de los árboles y arbustos. Pálido. Desteñido. Pronto la nube oscura lo cubrió. El frío aumentó. Montado en el brioso corcel llegué a la plaza terrosa del poblado, algunas casas techadas con hojas de platanillo. Me apeé y mirando a mí alrededor esperé algunos minutos. Era un día triste. Solitario. Las tiendas estaban cerradas. Un perro famélico buscaba la comida en la plaza guiado por el fino olfato. El cura aún no abría su negocio.  Con el caballo de cabestro me encaminé al cuartel de policía. Saludé al guardia de servicio y pregunté por el comandante. Era un muchacho alto, fornido y adormilado. Jugaba con su arma de dotación que sostenía entre sus piernas. Se incorporó y fue al fondo. Al cabo de algunos minutos regresó.

–          Que la reunión es a seis en punto, dijo.

–          ¿En dónde?, pregunté.

–          En el Alto de Tres Puertas, al lado de la virgen, respondió, mientras abría el libro de minuta para escribir las novedades de su turno que iba terminando.

–          Falta media hora, me dije, retirándome del puesto de policía, fui al corral del compadre Arciniegas, dejando el alazán en la pesebrera comiendo caña de azúcar con sal y miel de purga.

–          ¿Qué hace tan temprano por acá, compadre, me dijo quitándose las lagañas, bostezando y tomando el sombrero pajizo en sus huesudas manos.

–          Cosas de la vida, le contesté inventándole rápidamente otra conversación.

–          ¿Cómo está la comadre?

–          Bien, relingando en la cocina. Venga se toma un tinto.

–          Cae muy bien compadre Arciniegas, le dije estrechándole la mano. Entré a su modesta casa y me senté en una banqueta caoba larga, saludando a mi comadre y saboreando el tinto cerrero. Dialogamos cinco minutos sobre la carestía y la violencia.

–          Nada mejora en este país, me dijo.

–          Nada compadre, le contesté, incorporándome y marchándome a la cita. Tenía que recorrer varias cuadras y las calles estaban deterioradas, el lodazal era protuberante. Avancé con inseguridad, pero sin hacer pausa. Crucé la plaza terrosa, la escuela y subí la pendiente escarpada para llegar al sitio acordado. No fui el primero pero tampoco el último. Al primero que vi fue al cura que departía con dos personajes de mirada vidriosa y piel cetrina. La mirada de aquellos personajes inspiraba miedo. Saludé. Nadie me contestó. Me acomodé en una banqueta larga sin pulir y acariciando la cacha de mi revolver esperé. Ninguno de los labriegos que estaban allí distinguida, parecían mudos, sordos y ciegos. Al filo de la hora prevista llegó el alcalde y varios campesinos más. Me incliné respetuoso para saludarlo, lo mismo hicieron los que serían a partir de allí mis condiscípulos. Predominaba el silencio lúgubre. Nadie quería hablar. A la hora exacta se acercó el comandante afeminado y saludó, presentando a los talleristas y  el objetivo de la convocatoria. Todos nos miramos entre sí y hablamos con la mirada, pero era demasiado tarde. Artemio de la Cruz, uno de los talleristas se paró frente a nosotros y nos dijo sin inmutarse:

–          El ex presidente de la república y el partido conservador nos han contratado para enseñar a matar liberales y comunistas, torturándolos primero para que los demás cojan escarmienta y se vuelvan al partido de Cristo Rey. Era un hombre de baja estatura. Canoso. Mirada siniestra y vozarrón escueto. Emmanuel Castor, el otro conferencista, intervino para decir:

–          Comenzamos con la bendición. El cura se armó del hisopo y repartió agua bendita, una vez nos pusimos en pie y nos quitamos los sombreros. Musitó algunas oraciones en latín que por supuesto nadie entendió. Nos bendijo y se marchó. Castor era delgado, facciones indígenas y mirada astuta, un poco más alto de estatura de su homólogo. La brisa mañanera acariciaba nuestros rostros. El amago de lluvia era inminente.

–          Llueva, truene o relampagueé, el curso se dictará, dijo Artemio de la Cruz. Nadie dijo nada. La mirada montaraz de los estudiantes contrastaba con la severidad de los talleristas. Tuve la sensación, en ese momento, que esos tipos mataban con la mirada. Por eso me abstuve de hacer preguntas necias y obvias. Solo escuchaba y escuchaba. Igual actitud asumieron mis compañeros de estudio. Parecíamos autómatas.

–          El primer corte que hay que hacer énfasis, dijo Artemio de la Cruz, es el corte corbata. Consiste en abrir un orificio por debajo del mentón para sacar por allí la lengua, ésta se convertirá en corbata y será la respuesta al corte franela que los malvados Chusmeros practican con sevicia.

–          ¡Semos católicos, apostólicos y romanos!, dijo alguien del montón horrorizado.

–          Recuerden, dijo Emmanuel Castor sin inmutarse, que matar liberales o comunistas no es malo, por el contrario, es una alabanza a Cristo Rey. Nadie ripostó, el silencio sepulcral fue interrumpido por la voz grave de Artemio de la Cruz, quien dividió la conferencia en dos partes: Una teórica y la otra práctica. Empezó por hacer una amplia apología a la violencia, explicar su importancia y la dinámica que el pueblo conservador le debe imprimir hasta exterminar el último huevo liberal y comunista. Se deshizo en elogios al partido conservador y sus máximos conductores, el ex presidente Mariano Ospina Pérez y el “magnífico” Laureano Gómez. Nadie como ellos para enarbolar la bandera azul, la democracia y la justicia, derretir la adversidad y llenarse de gloria la patria. No hay progreso sin el partido conservador, ni partido conservador sin progreso. El ángel de la guarda de estos ilustres y eximios personajes, es la policía chulavita, chulavita porque los primeros héroes vienen de la vereda llamada así de Boyacá. En varias oportunidades, Artemio de la Cruz, evocó las palabras sacramentales de monseñor Miguel Ángel Builes, obispo de la diócesis de Santa Rosa de Osos, Antioquia. Repitió tanto esto durante la cháchara que con todo lo burro que soy para memorizar, me la aprendí. Decía: “Los liberales eran el Caín que asesinaban sin misericordia al Abel, que eran los que pertenecían al partido político que defendía la religión; hay que aplicar justicia inexorable contra el partido liberal, la cabeza de la serpiente venenosa de la subversión”.  Dijo todo lo malo del partido liberal y en una partecita que recuerdo tanto, dijo que los comunistas eran aún más malos: Mataban los curas, se orinaban en el  copón de decir misa el cura, mataban los lisiados, violaban los niños, mandaban a la gente para Rusia para ser marcados como simples animales, eran verdaderos demonios que mantenían al lado de los liberales. Sin saberlo, poco a poco nos fuimos llenando de odio visceral, fuimos cambiando de opinión hasta llegar a asentir con la cabeza toda la sarta de brutalidades que Artemio de la Cruz, nos decía en nombre del gobierno nacional, que ahora descansaba en el general Gustavo Rojas Pinilla. Por eso, cuando terminó todos nos pusimos en pie y duramos cinco minutos aplaudiéndolo y lanzando vivas al partido conservador, el partido de Cristo Rey.

–          ¿Entendieron?, Preguntó  afónico. Todos levantamos la mano afirmando y repetimos el aplauso. El pobrezuelo mal encarado se frotó sus manos, dio varios pasos atrás para comenzar la parte práctica. Nos hizo formar, nos hizo curruca, caminar acurrucados, saltar obstáculos así, deslizarnos sobre nuestras barrigas, mimetizarnos, saltar, cargar y descargar rápido el revólver o la carabina san Cristóbal y el fusil gras. Lanzar granadas de fragmentación, cómo elaborarlas. Nos enseñó a disparar cuando el montón está quieto y cuando está en movimiento. Terminamos exhaustos, sudorosos y enlodados hasta los tuétanos. ¡Aaahh!, nos enseño a hacer emboscadas y a quitar los bienes de los liberales y tomar posesión de ellos sin remordimiento.  Cuando la oscuridad comenzaba a extenderse por la empinada cordillera Emmanuel Castor clausuró las labores con una arenga delirante contra el liberalismo y el comunismo y a favor del conservatismo.

–          Ahora, ¿Sí entienden por qué matar liberales no es malo? Preguntó.

–          Síííiíí, dijimos todos en coro.

–          Bien, dijo, dejemos algo para mañana.

Poco a poco nos fuimos retirando, tomando distintos destinos. Yo busqué mi caballo y marché a casa, cansado pero no del todo convencido.

–          Fuera del color, me dije, no hay más diferencias. Una serie de conjeturas me hice e intenté guardarlas en la cabeza para preguntar al otro día, pero la realidad es que al estar frente a esos malhechores me comí la candela, como dice el dicho popular. No pregunté nada y me concentré en el seminario de la muerte. No perdí tiempo y poco a poco fui ganando liderazgo. Cuando se dijo que había llegado la hora de la clausura, todos nos pusimos contentos, pues nos retirábamos con todos los conocimientos al día. Nos equivocamos, vino lo más duro.

–          Llegó la hora de la verdad, dijo sereno Artemio de la Cruz. Ordenó colocar una mesa y a 20 metros levantar un botalón, un árbol grueso de roble. Ordenó hacer una especie de círculo y sin inmutarse, prendió el radio transmisor y llamó a la estación de la policía:

–          Ya, dijo. Todos nos miramos entre sí. A los 10 minutos apareció el comandante de policía y cuatro agentes quienes traían amarrado de pies y manos al enterrador del pueblo, un hombre pálido que se acercaba a los 60 años, amigos de todos y todas en la comarca por su espíritu cívico y solidario. Sentí desfallecer. Lo amarraron violentamente al roble y ordenó Artemio de la Cruz vendarlo.

–          Este hijo de puta es liberal, dijo Artemio de la Cruz, tiene incluso, ideas comunistas. No sé si esté exagerando, pero estoy seguro que Artemio de la Cruz se transformó, dejó de ser humano y asumió fisonomía de monstruo.

–          ¿Quién comienza? Dijo levantando el afilado cuchillo. Todos quedamos petrificados. Nadie se inmutó. Quedamos turulatos.

–          ¿Quién comienza? Volvió a preguntar con más fuerza y poniéndose en pie. Otra vez, nadie contestó. Todos seguimos como atornillados, ensimismados. Mientras tanto, el enterrador gemía pidiendo clemencia, que era mayor de edad, enfermo de diabetes y tenía casi media docena de nietos para responder.

–          Eso es lo que más me gusta, dijo Emmanuel Cantor, mirando la víctima, oír pedir clemencia. Intenté moverme pero no pude.

–          ¿Quién comienza? Preguntó por tercera vez y al no obtener respuesta se dirigió a la víctima con paso firme y sin temblarle el pulso. Sacó un cigarro, lo prendió parsimoniosamente y levantando el cuchillo sin afán le recortó la oreja derecha. El grito del enterrador fue estridente. Doloroso. La sangre brotó.

–          ¿Alguien quiere quitarle la otra? El silencio absoluto fue la respuesta. Emmanuel Castor pidió el cuchillo y con facilidad le corto la otra. La sangre manó en abundancia y el torturado se retorcida dando gritos de dolor.

–          Mira, como le queda de mal la nariz, dijo Artemio de la Cruz y de un tajo se la quitó.

–          Grita mucho el zalamero, dijo Emmanuel Castor y con un movimiento certero lo privó de la lengua. Los orines brotaron y los excrementos. Artemio de la Cruz le bajó los pantalones y le cortó el miembro viril con sus testículos, mientras que Emmanuel Castor le introdujo un palo por detrás, dizque por sucio. Los ronquidos del moribundo eran impresionantes. Bañado en sangre y sudor poco a poco su voz se iba debilitando, se iba opacando.

–          ¿Alguien quiere practicar?, dijo Artemio de la Cruz. No sé que sentí pero levanté la mano.

–          Muy bien rápido porque se muere, dijo. Caminé hasta el patíbulo cogí el ensangrentado cuchillo y lo arrimé al oído izquierdo y lentamente lo fui hundiendo, al principio con pesar, pero después con furia cruzándolo. El tipo peló los ojos y murió.

–          ¡Qué bien!, dijeron los talleristas al unísono.

–          ¿Quién le hace el corto corbata? Preguntó Emmanuel Castor.

–          Yo, dije y bajándolo del botalón, le abrí una hendidura por debajo del paladar y le saqué el pedazo de lengua que le quedó y como pude le añadí la lengua que había sido cortada.

–          ¡Excelente! Dijeron los talleristas entregándome los mejores elogios y galardones. Desde ese día comencé a matar liberales por toda la comarca. Siempre me protegía la policía y más tarde el ejército. Tuve un período largo que el día que no mataba a un liberal o a un comunista me sentía mal, enfermo. Era placentero para mí oírlos pedir caridad, suplicar arrodillados y llorar. Diría que me excitaba. El gobierno nacional me daba dinero, armamento, más entrenamiento y fama. Con su ayuda formé una banda y nos recorríamos toda la región limpiándola. Era divertido. Pero también entendíamos que era un aporte a la patria y a la democracia del partido conservador. Toda mi juventud la gasté en eso. No tuve un instante de sosiego. Organizamos concursos de quien traía más orejas liberales ensartadas en cabuya de fique, quien se apoderaba de más ganado, quien asustaba a los campesinos para tomar posesión de sus fincas, quién violaba más campesinas, etc. Perdimos nuestra condición humana, pero no por nosotros sino por orden expresa del gobierno nacional de don Mariano Ospina Pérez, el monstruo Laureano Gómez y mi general Gustavo Rojas Pinilla. Ellos nos dieron vía libre para matar, nos prepararon para hacerle daño a la humanidad. Fui rico, poderoso y temido en toda la región. No había niña bonita que no fuera desflorada por mí, ni mujer que me gustara que no tuviera acceso a ella. Parecía un huracán. Era un terror infinito. Llegaba donde quería. Varias veces me quedé en las instalaciones del puesto de policía, en el batallón del ejército, en la brigada, en la casa cural y arzobispal. Durante casi cuarenta años creí ciegamente que estaba haciendo las cosas bien y que estaba auxiliando a la herida patria por los cachiporros y mamertos.

–          Cuando tomé conciencia fue demasiado tarde, dijo Rosendo dejando escapar un suspiro lúgubre. Su rostro lívido se contrajo en una mueca dramática y a pesar de la tarde lluviosa y gélida, su respiración era asfixiante y dolorosa. Se incorporó con dificultad y fue hasta el escusado con parsimonia. El periodista lo miró con lástima, mientras tomaba apuntes en su pequeña libreta. Ayudado por María Eva se acomodó en la taza del inodoro y permaneció allí largo tiempo. La tarde grisácea anunciaba nuevamente lluvia. Volvieron los relámpagos y los truenos. Cuando regresó Rosendo a su habitual asiento, el periodista le tenía preparado ya otra sarta de preguntas. Quería saber cuántos exactamente había asesinado, cuántas mujeres, cuántos niños, cuántos inválidos e incluso, cuántos de su mismo partido al comenzar una nueva era que ya no se mataba por ser liberal o conservador, sino por quitarle los bienes al otro. Rosendo miró al periodista casi levitando por el dolor que oprimía su pecho y con los ojos vidriosos y humedecidos contestó por entre los dientes:

–          Periodista, dijo, no tengo corazón para tanto. Suspiró. Y acomodándose en su asiento, se arrepintió del mal que le hizo a la humanidad de toda la comarca, teniendo conciencia que era demasiado tarde.

–          Maté a mi propia clase social, dijo.

–          Claro, no lo hice por voluntad propia, agregó, meditabundo.

–          La ignorancia es atrevida y la despolitización del pueblo peor, subrayó.

–          ¿Puedo escribir todo?, Preguntó el comunicador social poniéndose en pié, mientras empacaba sus utensilios de trabajo. Rosendo lo miró derrotado, metido en su propio estiércol, señalado por la historia. Fue claro y diáfano al contestar:

–          ¡Todo!

Ibagué, mayo 5 de 2012

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